La otra vez hablaba sobre la felicidad y sostenía que como una totalidad no nos es posible alcanzarla y que posiblemente si la encontraramos, no sabríamos reconocerla. Entonces, para mí la felicidad no es un punto de llegada, sino una búsqueda constante por distintas veredas a donde el viento de la vida nos ha echado. Sobre esas veredas pululan pequeñas partículas de felicidad, casi como luciérnagas y, cuando las alcanzamos, estallan ante nosotros y eso, precisamente eso, nos hace creer en la felicidad pues, ese estallar nos enternece el corazón, el alma y el espíritu.
Los amigos de la universidad son un buen ejemplo de una de esas partículas de felicidad en la vereda de la vida estudiantil. La esposa es otro ejemplo en la vereda de la vida adulta. Las tiernas manos de una bebé es un ejemplo más de una partícula de felicidad en la vereda de la vida en pareja. Sin embargo, la felicidad no se reduce a un matrimonio con una mujer bella o el nacimiento de una hija. La felicidad total no es eso pero eso sí forma parte de la felicidad; es aquello que he llamado partícula de felicidad. ¿Podríamos juntar todas las partículas de la felicidad como un enjambre de abejas en el panal y decir que en ese momento alcanzamos la felicidad total? No lo creo. No es posible todo a la misma vez. Las partículas de felicidad solo las vamos a encontrar si seguimos caminando, descubriendo nuevas veredas.
Hoy, a principios del mes de noviembre, en pleno otoño, una luciérnaga se ha estrellado ante mis ojos y me sirve para ejemplificar eso que arriba he tratado de explicar: una partícula de felicidad. Mi planta de calabaza ha echado su primera flor hembra y eso significa que en el jardín pronto tendremos calabacines. Ya sé, en el mercado podemos comprar miles de calabacines en cualquier estación del año, sin embargo, nada se compara con producir en casa lo que en pocas semanas te podrás llevar a la boca. En entusiasmo de ver el desarrollo de las plantas no se compra, se cultiva y eso para mí es felicidad.

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