Durante el mes de septiembre tuve tres o cuatro episodios de tristeza/nostalgia. El primero fue a principio del mes y no recuerdo con exactitud la fecha. Estuve trabajando durante las primeras dos horas de la mañana muy activo; de aquí para allá y de allá para acá pero cerca de las 10 de la mañana comencé a sentirme raro, despistado y sin comprender realmente lo que estaba pasando. Era una sensación de agotamiento y las piernas mostraban debilidad. También sentí estremecimiento, como si tuviera un aumento repentino de la presión arterial. Fui a la oficina y le pedí a un compañero de trabajo que me prestara su aparato para medirme la tensión y lo hice equivocadamente. Era un tensiómetro de muñeca. Los números mostraban 144/74 o algo así. No comprendí por qué, entré en un momento de confusión, desesperación e incertidumbre.
Los nervios me invadieron y decidí regresar a casa. Tomé un baño de agua tibia y luego me recosté en la cama, un poco cansado y creo que me dormí cerca de media hora. Acostado y encamorrado, abrí el YouTube y me topé con un video de un afroamericano reaccionando a la música de Antonio Vega, famoso cantante español y exvocalista de Nacha Pop.
A pesar de que Nacha Pop es una de mis bandas favoritas, nunca había escuchado “El sitio de mi recreo”, la canción a la que el tipo estaba reaccionando.
La escuché sin los audífonos y me pareció una muy buena pieza. Después con los audífonos en las orejas me pareció una obra maestra del difunto Vega.
Lloré. En ese momento me invadió una inmensa tristeza, una nostalgia incomprensible, algo nunca antes sentido. ¿Por qué? Después de regresarme del trabajo estaba pensando por qué me pasaba a mi lo que me pasaba; me planteaba miles de preguntas y para ninguna tenía respuesta.
¿En qué momento brotó en mí la nostalgia? He llorado muchas veces, no soy un hombre sin lagrimas pero como les cuento, nunca antes había sentido esa nostalgia.
“Donde nos llevó la imaginación
Donde con los ojos cerrados
Se divisan infinitos campos
Donde se creó la primera luz
Germinó la semilla de cielo azul
Volveré a ese lugar donde nací
De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve, huracán y abismos
El sitio de mi recreo”.
“Volveré a ese lugar donde nací” provocó la primera lagrima y de ahí se vinieron todas en cascada luego de lo cual el clásico alivio que se superpone al llanto.
Me levanté de la cama, cociné y comí. Pude sentirme mejor pero estaba invadido por la nostalgia. Agarré mi computadora y escribí un micro cuento: un niño corriendo desesperado tratando de elevar un papalote. Cuando por fin lo consiguió, el papalote lo obligó a correr por el campo, luego por los pueblos y ciudades para finalmente regresar y encontrarse con los brazos abiertos de su abuela. El cuento no está terminado y quizás extraño a mi abuela.
Días después y ya en el trabajo, volví a llorar más de un par de veces. Comprendí que mi llanto provenía de la desesperación que me causaba la imposibilidad de dejar de tomar unas pastillas para un mal diagnóstico y que falsamente había asociado con mi bienestar. Las lágrimas también las provocaban la incertidumbre y una mente confusa galopante como caballo salvaje en las praderas.
¿Es malo el llanto? No lo creo. Después de llorar siempre viene ese momento fugaz de alivio: como un “todo está bien ahora” venido de algún lugar escondido en el fondo del corazón. Lo malo es que el llanto no siempre viene.
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