Luego de una semana de vacaciones, hoy regresé al trabajo. Comencé mi día tratando de hacer un poco de meditación, ejercicios de respiración y un baño con agua tibia. Fue un buen comienzo.

Debo de admitir que me sentía un poco nervioso, por pensar de más o por la incertidumbre de saber qué nos depara un nuevo día.
Como siempre, salí temprano de casa pensando en el tráfico habitual de esta ciudad pero olvidé que debido al huracán los estudiantes regresarán a las aulas hasta el miércoles y el flujo vehicular fue rápido.
Llegué al trabajo sin contratiempos, escuchando un poco de música y pude percatarme de mi sensibilidad auditiva. De pronto mi mente me quiso llevar en un viaje catastrófico sobre mi salud auditiva pero de un golpe la traje de regreso a la carretera cubierta por algo de niebla.
Ya en el trabajo pero antes de las 7 de la mañana, saboree el resto de mi vaso de té, respiré profundo y me recosté un poco en el asiento de mi camioneta y di gracias por un día más, por un momento más. La noche anterior había estado escuchando “Perdonar es divino” de Gustavo Cerati y volví a poner la misma canción y reflexioné sobre el perdón y sus beneficios. Dije para mis adentros que quienes nos ofenden sólo tiran la piedra y se van, desaparecen en una oscuridad total, pero depende de nosotros si esa piedra nos descalabra y si la herida causada cicatrizará o no. Pensé en hacer un video para mis redes sociales acerca del perdón.
Justo a las 7 fui a ponchar mi tarjeta de tiempo y saludé a don Emilio, ese viejo incomprensible, loco, mentiroso, renegón y a veces tonto. Conversé un poco con él acerca del impacto del huracán y de las vicisitudes por las cuales pasamos al siguiente día de Milton.
En seguida llegaron los otros compañeros del trabajo; todos saludaron. Conversamos un poco sobre el huracán y sus estragos. Una breve platica de cortesía antes de comenzar a trabajar. En general creo que todos estábamos de buen ánimo.
En un santiamén repartí las tareas para las primeras horas de la mañana. Nada complicado.
Una vez que todo mundo estaba en lo suyo, excepto Emilio que no sabe ni a qué va al trabajo, hice un paseo de supervisión de la finca. No vi nada significativos después de la tormenta pero sí me di cuenta que los arbustos estaban sedientos y estresados.
Después de casi una hora me encontró James, mi patrón. Conversamos acerca de la finca, un poco acerca del huracán y luego de divagar sobre distintos temas tocamos el tema relacionado con mi salud. En pocas palabras me dijo que no quería que renunciara, que estábamos haciendo un buen equipo y que él ha pasado por algo similar; un mal diagnóstico médico que lo hundió en una crisis de ansiedad que ya superó. Yo le dije que estoy en la lucha, que estoy de pie y resistiendo.
Nos referimos brevemente a Emilio como un posible causante de mi estrés. Le mencioné que siempre es cansado escuchar sus inconformidades por cualquier cosa, su insatisfacción con el trabajo, con la vida, con absolutamente todo. Asintió y dijo que para él todo lo que diga Emilio es irrelevante. Para mí también lo es, sin embargo, el disgusto de escucharlo hablar mentiras o fingir que sabe tal cosa y cuando en realidad no la sabe es lo que molesta.
Después de todo lo que he narrado anteriormente dieron casi las 10 de la mañana. Desde allí en adelante todos nos concentramos en el trabajo hasta que dieron las 6:30. Fue un día muy largo debido a que estamos comenzando a plantar los nuevos arbustos de arándanos.
Tuve pequeñas divagaciones pero hacía esfuerzos por permanecer en el momento y en el espacio, como esas aves que en el suelo se resisten a ser arrastradas por el viento. “Estás aquí, estás aquí” continuamente me repetía y le daba traguitos a mi botella de agua. Resistí como resistieron los árboles a un huracán más.
Antes de salir de la finca para encaminarme a casa me puse un poco nervioso al pensar en la carretera pero con heroísmo me dominé y conservé la calma. Manejé tranquilamente, con precaución pero tratando de averiguar los daños causados por Milton. Vi únicamente árboles arrancados de raíz.
A medio camino llamé a mi hija para preguntarle por su día y logramos tener una conversación amena por cerca de 40 minutos. Hablamos sobre la cortesía y ella inesperadamente me preguntó que cómo me había fijado en su madre. Reí y dije no sabía.
A las 7:30 llegué a casa. Mi mujer ya estaba preparando la cena y olía delicioso. Tomé un refrescante baño y salí al patio a regar mis plantas. Tuve un excelente día.
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